Cuando se cae un diente, tu hija o hijo hace todo un ritual. Lo guarda para que no se pierda, busca dónde ponerlo y esa noche lo coloca debajo de la almohada. Al día siguiente comprueba si pasó el Ratón Pérez y, entre la emoción por la sorpresa y el espacio nuevo que quedó en la sonrisa, ese pequeño diente deja de ser importante. 

Hasta que el ratón lo tiene en sus manos y se da cuenta que tiene unos pequeños puntos negros. Entonces llegan las preguntas. ¿No se estaba cepillando bien? ¿Está comiendo demasiados dulces? ¿Hay que cambiar la pasta? ¿Por qué le volvió a pasar si acabamos de ir al dentista? 

Grupo de niñas y niños sonriendo a cámara.

Tendemos a buscar las respuestas en el cepillo, pero una parte de ellas también está en lo que comemos. Porque la boca no funciona separada del resto del cuerpo y tampoco es únicamente el lugar donde están los dientes. Ahí comienza la digestión.

La digestión empieza mucho antes de llegar al estómago 

Comemos con prisa. Mordemos una manzana camino a la escuela, desayunamos antes de salir corriendo, abrimos unas galletas entre comidas o tomamos algo mientras terminamos otra actividad. Lo hacemos tantas veces al día que pocas veces pensamos en todo lo que ocurre desde el primer bocado. 

Los dientes cortan y trituran. La saliva humedece lo que comemos y ayuda a formar el bolo alimenticio. La masticación prepara aquello que llegará después al aparato digestivo. Por eso, cuando algo duele en la boca, el problema no necesariamente termina ahí. 

Una caries puede hacer que una niña evite alimentos duros. Una encía inflamada puede provocar que un niño mastique solo de un lado. Una molestia constante incluso puede cambiar cuánto quiere comer. Lo que parece exclusivamente dental empieza a modificar también la alimentación. 

Actividad sobre salud bucal en un curso de verano de Save the Children.

Además, en nuestra boca viven numerosos microorganismos que forman el llamado microbioma oral. Cuando existe un desequilibrio asociado con caries o enfermedades de las encías, también puede relacionarse con cambios en el equilibrio intestinal. 

La boca y el sistema digestivo, entonces, no son dos conversaciones separadas. Y quizá deberíamos empezar a cuidarlos como lo que son: partes de un mismo proceso. 

¿Qué tan común es encontrar caries en niñas y niños? 

Mucho más de lo que podríamos pensar al ver caer ese primer diente de leche. En México, 7 de cada 10 niñas y niños entre los 4 y 5 años presentan caries y, en 4 de cada 10 casos, esta es severa. El problema tampoco desaparece conforme crecen: 6 de cada 10 llegan a primaria con caries dental y la misma proporción está presente al terminar la secundaria

Detrás de estos números hay molestias que pueden aparecer todos los días. Hablamos de dolor al masticar, sensibilidad, inflamación y cambios en la manera de comer. Incomodidades que pueden parecer pequeñas hasta que empiezan a interferir con algo tan cotidiano como sentarse a desayunar. 

Entonces aparece otra pregunta: si sabemos que hay que lavarnos los dientes, ¿por qué sigue ocurriendo con tanta frecuencia?

Grupo de niñas jugando y sonriendo.

El cepillo importa, pero no puede hacerlo todo 

Nos enseñaron una fórmula bastante sencilla: comes un dulce, te lavas los dientes. Y aunque una buena higiene es fundamental, también importa qué consumimos durante el día y con qué frecuencia. Refrescos, bebidas azucaradas, dulces, galletas y otros productos con azúcares añadidos favorecen los procesos que desgastan el esmalte dental cuando forman parte habitual de la alimentación. 

Eso no significa que tengamos que empezar a mirar con desconfianza cualquier alimento que contenga azúcar. Una fruta no es equivalente a un refresco. Frutas y verduras aportan agua, fibra, vitaminas y minerales que forman parte de una dieta variada; los alimentos ricos en calcio y vitamina D, como los lácteos, también contribuyen al mantenimiento de dientes y huesos saludables. 

El punto no está en buscar un menú perfecto. Está en entender que lo que pasa en la boca también se construye con las decisiones pequeñas que repetimos durante la semana: qué tomamos cuando tenemos sed, qué ponemos en el lunch, qué compramos para comer entre comidas y qué opciones tenemos realmente disponibles.

Algunas cosas que puedes revisar en casa 

  • Priorizar agua simple durante el día.
  • Incluir frutas y verduras de manera habitual. 
  • Limitar la frecuencia de bebidas y productos con azúcares añadidos.
  • Mantener una rutina adecuada de cepillado.
  • Observar si existe dolor al masticar o rechazo persistente a ciertos alimentos.
  • Buscar atención profesional cuando una molestia continúa.

¿Cuándo deberíamos prestar más atención? 

Hay niñas y niños que empiezan a masticar de un solo lado sin decir que algo les duele. Otros tardan más en terminar de comer, rechazan ciertas texturas o simplemente dicen que ya no tienen hambre.  

Las caries visibles son una señal, pero no la única. También conviene prestar atención a encías que sangran o permanecen inflamadas, grietas dolorosas en las comisuras de los labios, cambios persistentes en la lengua, boca seca o dificultad para tragar. 

Algunas de estas alteraciones pueden estar relacionadas con deficiencias de vitaminas del complejo B, C y D o minerales como calcio, hierro y fósforo. Eso no significa que podamos diagnosticar una carencia mirando la boca. Ningún signo aislado permite saber qué está ocurriendo y, cuando persiste, necesita valoración profesional.

Niño sonriendo a la cámara en un abrazo.

Cuidar los dientes también depende de las oportunidades que tenemos 

Decir que una familia simplemente debería “comer mejor” o acudir periódicamente al dentista resulta fácil cuando dejamos fuera el contexto. 

No todos los hogares tienen las mismas posibilidades para comprar alimentos variados, acceder a agua segura, recibir orientación nutricional o pagar una consulta odontológica. Tampoco todas las comunidades cuentan con servicios cercanos cuando aparece un problema. Por eso, cuando hablamos de prevención también tenemos que hablar de acceso.

¿Qué hacemos desde Save the Children? 

Desde Save the Children abordamos la salud como un conjunto de factores que están relacionados. Alimentación, higiene, actividad física, acceso a agua segura y cuidado bucodental forman parte de las acciones que desarrollamos con niñas, niños y adolescentes. 

Trabajamos estos temas mediante juegos y actividades que ayudan a llevar la información a situaciones reales: qué elegir para beber, cómo construir rutinas, por qué lavarse las manos o qué ocurre con nuestro cuerpo cuando determinados hábitos se repiten todos los días. También compartimos herramientas con docentes, familias y comunidades para que el cuidado no dependa únicamente de lo que alguien alcanza a recordar después de una consulta. 

Porque detrás de algo tan pequeño como un diente hay mucho más que una visita del Ratón Pérez. Está lo que comemos, el agua a la que tenemos acceso, los hábitos que aprendemos, las posibilidades de recibir atención y las condiciones en las que crecemos. 

Si quieres apoyar nuestro trabajo, tu donativo nos permite seguir acercando información y herramientas de salud a niñas, niños, adolescentes y sus familias.