Dormir debería ser algo sencillo. Algo que ocurre casi sin pensar. Pero no siempre funciona así. A veces creemos que, si las niñas y los niños están cansados, simplemente se quedarán dormidos. Pero el descanso no depende solo del cansancio físico, también depende de cómo se sienten por dentro. 

Dibujo de tres animaciones azules.

La salud mental afecta el sueño y el sueño impacta la salud mental. En la niñez y la adolescencia, esa relación es mucho más profunda de lo que solemos imaginar.

Dormir no es “hacer nada”. Es un proceso biológico complejo. Mientras una niña o un niño duerme, su cerebro sigue trabajando: organiza lo que aprendió durante el día, guarda recuerdos y produce sustancias que ayudan a regular el estado de ánimo. 

Pero para que todo eso ocurra, el cerebro necesita algo muy específico: sentirse seguro. Si en el día hubo miedo, presión, tristeza o ansiedad, la mente puede quedarse en alerta incluso cuando el cuarto está en silencio. 

En México, la ansiedad es el diagnóstico de salud mental más frecuente (53.3%) entre los 10 y 14 años, y entre los 15 y 19 años predomina la depresión (52.6%). Además, entre los 12 y 17 años se registran los mayores niveles de malestar psicológico. Cuando ese malestar se vuelve constante, el sueño suele ser una de las primeras cosas que cambia. No porque no tengan sueño, sino porque el sistema nervioso no logra desconectarse.

Grupo de ninas y ninos sonriendo a la camara

Existe una relación bidireccional entre el sueño y la salud mental. Es decir, dormir mal puede ser el síntoma, pero también puede convertirse en la causa.  

En la niñez esto a veces se confunde con otras cosas: “mal humor”, “falta de atención”, “rebeldía”. Pero muchas veces es algo más simple: están cansados de una forma que el cuerpo no sabe cómo procesarCuando no duermen lo suficiente pueden estar irritables, nerviosos o distraídos.  

Dormir lo suficiente importa mucho más de lo que solemos pensar. Durante la niñez —especialmente entre los 5 y 12 años— el cuerpo necesita entre 9 y 12 horas de sueño cada noche.  

El problema es que muchos no lo están logrando. Cuando la falta de sueño se vuelve constante, no solo aparece el cansancio. También se afectan la memoria, la capacidad de tomar decisiones y la forma en que se manejan las emociones. 

Cuando el estrés se acumula, el cuerpo libera cortisol, una hormona que mantiene al organismo en estado de alerta. Dormir bien ayuda a que esos niveles bajen. Pero cuando el descanso es interrumpido o insuficiente, esa alerta puede quedarse encendida. Y hay muchos factores que pueden mantenerla activa. 

En México: 

  • 55.5% de niñas, niños y adolescentes experimentan una crianza violenta. 
  • 28% de la población escolarizada entre 12 y 17 años enfrenta acoso.
  • 9 de cada 10 personas adultas reportan haber vivido al menos una experiencia adversa antes de los 18 años.

Cuando crecer implica adaptarse constantemente al miedo, la tensión o la incertidumbre, el sueño profundo se vuelve más difícil. El cuerpo puede pasar horas en la cama, pero eso no significa que esté descansando. Si ese descanso falla, procesar experiencias difíciles se vuelve mucho más complicado. Y eso termina afectando directamente el bienestar emocional. 

Nina sentada en el suelo pintando

Hablar de sueño es hablar de pequeños hábitos que ayudan al cuerpo a prepararse para descansar. Algunas recomendaciones que pueden marcar una gran diferencia son: 

  • Acostarse y despertarse a la misma hora todos los días.
  • Apagar el televisor, la computadora y otros dispositivos electrónicos por lo menos una hora antes de dormir.
  • Estar en un espacio cómodo, oscuro, tranquilo y con temperatura adecuada.

Pero hay algo todavía más importante: si una niña o un niño no logra dormir porque algo le preocupa, hablar puede cambiarlo todo. Contar con una persona que escuche reduce la sensación de alerta. Y cuando esa alerta baja, el cuerpo finalmente puede descansar. Si aún así permanecen los problemas es importante acudir con un médico.

En México, 45.8% de las niñas, niños y adolescentes viven en situación de pobreza y 9.9% en pobreza extrema. Para muchas familias, la noche llega en espacios compartidos, con ruido constante, poco espacio o preocupaciones económicas que no desaparecen al final del día. Además, si hay violencia o discriminación, el descanso puede convertirse en un lugar atravesado por la angustia. 

A esto se suma otro desafío: el acceso a atención especializada. El personal de salud mental representa apenas 3.1% del sector salud. En todo el país hay alrededor de 1.1 psiquiatras por cada 100,000 habitantes, y únicamente 364 paidopsiquiatras, concentrados principalmente en Ciudad de México (115), Nuevo León (21), Jalisco (15) y Puebla (13). 

Nina sentada en la acera con mochila de Save the Children

Dormir bien fortalece algo fundamental: la capacidad del cerebro para enfrentarlas. Durante el descanso se reorganizan experiencias, se regulan respuestas al estrés y se recupera la energía emocional necesaria para el día siguiente. 

Por eso, más que preguntar únicamente cuántas horas duermen, vale la pena observar cómo están durmiendo. Si el sueño se vuelve inquieto. Si aparecen pesadillas frecuentes. Si el cansancio no desaparece. 

Cuando estas señales se repiten o empiezan a afectar la vida cotidiana, buscar acompañamiento puede hacer una gran diferencia. A veces será posible acudir con personal especializado; otras veces el primer paso será hablar con una persona adulta de confianza. Lo importante es no ignorar las señales. Porque, aunque muchas veces no lo notemos, cuidar la salud mental también empieza por algo tan básico como asegurar que niñas, niños y adolescentes puedan descansar de verdad