¿Eres feliz? A veces respondemos que sí casi por instinto. Sonreímos, seguimos con la conversación y cambiamos de tema antes de detenernos a pensar en lo que sentimos, porque reconocer que algo no está bien puede ser incómodo.
Tal vez por eso la felicidad suele mostrarse en fotografías, en campañas, en frases que prometen que todo puede resolverse si cambiamos la forma de pensar… pero la vida rara vez funciona así.
Hay días en los que una persona puede sonreír y, aun así, sentirse devastada por dentro. Días en los que las preocupaciones aparecen cuando todo se queda en silencio. Momentos en los que nuestros sentimientos no cabe en una conversación.

Ahora, imaginemos esa misma pregunta dirigida a una niña o a un adolescente. ¿Sabríamos reconocer si realmente se sienten bien? ¿O estamos acostumbrados a interpretar su felicidad únicamente porque los vemos reír?
La felicidad no siempre se ve como la imaginamos
Cuando hablamos de niñas, niños y adolescentes, la felicidad también tiene que ver con algo que pocas veces se menciona: la salud mental, porque el bienestar emocional no aparece por arte de magia. Se construye en los espacios donde crecen, en las relaciones que los rodean y en la manera en que el mundo responde cuando algo no está bien.
También, se construye en las pequeñas cosas que pasan todos los días: en la forma en que alguien escucha cuando piden ayuda, en la seguridad que sienten al caminar por su escuela, en la posibilidad de expresar lo que sienten sin miedo a ser juzgados. Cuando esas condiciones faltan, la felicidad deja de ser una emoción espontánea y parece más un esfuerzo constante por aparentar que todo está bien.

Crecer también implica enfrentar tensiones
Existe una idea muy popular de que la niñez es una etapa libre de preocupaciones. La realidad es que muchas niñas y niños crecen en entornos donde el estrés, la violencia o la incertidumbre forman parte de la vida cotidiana.
En México, 55.5% de niñas, niños y adolescentes experimentan formas de disciplina violenta en su crianza, y alrededor de 28% de la población escolarizada entre 12 y 17 años enfrenta situaciones de acoso escolar.
Estas experiencias no siempre son visibles desde fuera. Muchas veces las niñas y los niños siguen asistiendo a la escuela, cumplen con sus responsabilidades y continúan con su rutina diaria, aunque por dentro estén procesando situaciones difíciles. Con el tiempo, estas experiencias también dejan huella. De hecho, 9 de cada 10 personas adultas en México reportan haber vivido al menos una experiencia adversa antes de cumplir 18 años.
En México, entre los 10 y 14 años la ansiedad representa el 53.3% de los diagnósticos de salud mental, mientras que entre los 15 y 19 años la depresión alcanza el 52.6% de los casos registrados.

El silencio también comunica
En la adolescencia las emociones pueden intensificarse. Es una etapa en la que todo parece suceder al mismo tiempo: el cuerpo cambia, las relaciones se transforman, las expectativas aumentan y las preguntas sobre “quién soy” aparecen con más fuerza.
Cuando esas tensiones se acumulan y no encuentran salida, el bienestar emocional puede fracturarse de maneras profundas. En México, el suicidio se ha convertido en una de las principales causas de muerte entre adolescentes. Entre los 12 y 17 años, el riesgo de suicidio triplica al registrado en la población adulta (0.5% vs 1.5%).

En suma, la felicidad no significa estar siempre sonriendo. El bienestar emocional se construye acompañando, prestando atención y sin mirar hacia otro lado cuando algo empieza a cambiar. Porque escuchar de verdad puede abrir una conversación que muchas niñas, niños y adolescentes llevan demasiado tiempo esperando.