¿Recuerdas cuando alguien te leía antes de dormir? Tal vez no era todos los días, pero ahí estaba ese momento. Una voz que hacía pausas, que cambiaba según el personaje, que repetía la misma historia, aunque ya te la supieras. O el instante en el que elegías un libro solo por los dibujos. Lo abrías sin entender todo, pero alguien se sentaba contigo y te ayudaba a descifrarlo. Palabra por palabra. Página por página. 

Hay niñas y niños que crecen rodeados de libros, con historias que aparecen en lo cotidiano y con personas adultas que se detienen a acompañar ese proceso. Y hay quienes no. Quienes se acercan a la lectura solo cuando es obligatoria, quienes no tienen a quién pedirle que les lea en voz alta, quienes perciben los libros como algo distante o ajeno; no por decisión propia, sino por las condiciones en las que han crecido. 

No es una diferencia menor. En unos casos, el lenguaje se construye y se expande; en otros, se queda corto o se va rezagando. Mientras unos comprenden lo que leen, otros apenas logran seguir una indicación. Mientras unos imaginan, otros se acostumbran a no hacerlo. 

Niñas y niños participando en actividades de un Club Comunitario

Hay historias donde los libros no aparecen en ningún momento. No están en casa, ni en el entorno cercano, ni forman parte de lo que se ve todos los días.  

Por eso, cuando se habla de que en México el porcentaje de personas que leen bajó de 84.2% en 2015 a 79% en 2025la cifra se queda corta, porque deja fuera a quienes nunca han tenido la oportunidad de construir ese hábito desde el inicio. 

Incluso con más materiales disponibles de forma gratuita, la distancia sigue ahí, porque el acceso no es solo tener un libro cerca. Es poder abrirlo, entenderlo y sostenerlo en el tiempo. Y eso no ocurre en todos los contextos. Cuando ese punto de partida no existe, lo que se pierde no es solo la lectura. Se limita la forma de entender lo que pasa alrededor, de procesar información, y de avanzar sin quedarse atrás. 

Ludoteca de Save the Children.

Hay momentos en la escuela donde esto se vuelve evidente. Cuando alguien evita leer en voz alta. Cuando tarda más en terminar una actividad. Cuando deja preguntas en blanco no porque no le interese, sino porque no alcanza a entenderlas por completo. 

Con el tiempo, eso también afecta en cómo se percibe a sí misma o a sí mismo. No como alguien que está aprendiendo, sino como alguien que “no puede”, que “no es bueno para esto”, que cree que es mejor no intentarlo. Y esa idea, una vez que se instala, es muy difícil cambiarla. 

Mientras tanto, el resto sigue avanzando. Las clases continúan, los contenidos se acumulan y la distancia crece, no porque falte capacidad, sino porque faltaron condiciones desde antes. 

Maratón de Lectura en colaboración con Penguin Random House y Save the Children

¿Qué pasa cuando alguien interviene? 

La distancia no se reduce sola. Necesita algo muy concreto: que alguien decida involucrarse. Por eso, parte del trabajo que hacemos tiene que ver con algo que parece simple, pero no siempre lo es: acercar la lectura y sostenerla en el tiempo a partir de crear condiciones para que sea posible. 

  • Ludotecas: Generamos espacios seguros donde niñas y niños pueden jugar, leer y participar en actividades guiadas, así como recibir apoyo con tareas y desarrollar habilidades que usan en la escuela y en su día a día. 
  • Comunidades Digitales: Facilitamos el acceso a internet, contenidos y herramientas educativas en comunidades donde antes no estaban disponibles. Permitiendo que niñas, niños y adolescentes puedan hacer sus tareas con información actualizada, que docentes encuentren recursos para enseñar y que la comunidad tenga más opciones para aprender y conectarse. 

Nada de esto ocurre por inercia. Que una niña o un niño tenga acceso a un libro, entienda lo que lee o se sienta capaz de participar no es casualidad. Depende de que existan espacios, materiales y personas que sostengan ese proceso. Tu participación ayuda a que estas iniciativas continúen y lleguen a más niñas y niños.