A mitad de la noche, una notificación en el celular te despierta. La tablet acompaña la comida. La computadora se queda encendida más tiempo del que habías pensado. Para muchas niñas y niños, internet no es algo lejano: está mezclado con su rutina, con el juego, con la forma en la que se comunican y se entretienen.

A veces parece sencillo. “Está viendo un video”, “está jugando en línea”. Pero detrás de esas actividades también ocurren cosas que no siempre se alcanzan a ver: mensajes que pueden confundir, contenidos que no son apropiados para su edad y silencios que se guardan porque no saben cómo nombrarlos.

Nina en un taller de Save the Children.

Lo que ocurre en plataformas digitales no se queda solo ahí. Lo que ven, reciben o leen puede influir en su estado de ánimo, en la forma en la que se perciben y en cómo se relacionan con otras personas.

Hoy, 1 de cada 10 adolescentes muestra señales de uso problemático de redes sociales y dificultades para regular su tiempo en ellas. No siempre se nota de inmediato. A veces aparece como cansancio constante, cambios de humor, problemas para dormir o una necesidad de estar conectados incluso cuando ya no lo disfrutan.

Las plataformas digitales no muestran contenido al azar. Los algoritmos deciden qué aparece primero, qué se repite y qué se queda fuera. Sin embargo, los contenidos impulsados por inteligencia artificial hacen que cada vez sea más difícil distinguir qué es real, qué está editado y qué fue creado solo para captar atención.

Para las niñas y niños, esto significa estar en espacios diseñados para retenerlos: videos infinitos, anuncios disfrazados de juegos y recomendaciones que parecen inofensivas, pero no siempre lo son.

Aquí el acompañamiento es clave. No basta con decir “ten cuidado” o “no veas eso”. Entender cómo funcionan estas plataformas permite explicar, contextualizar y detectar señales de alerta, incluso cuando no se dicen en voz alta.

Nina utilizando una computadora.

No todo se cuenta de inmediato. Muchas niñas y niños no hablan de lo que viven en línea por miedo, vergüenza o porque sienten que “no es tan grave”.

  • 59% de la población entre 12 y 17 años reportó haber sido víctima de ciberacoso. 
  • 30.1% de las adolescentes (12–19 años) declaró haber sufrido acoso digital, frente a 23% de los jóvenes.
  • Para las mujeres, el medio más común de ciberacoso es Facebook, mientras que para los hombres son las plataformas de mensajería instantánea como WhatsApp.
  • 92% de las víctimas de material de abuso sexual infantil son niñas y adolescentes mujeres; de ellas 61% tienen entre 4 y 13 años.
  • 52% de contenido sexual se produce por las propias niñas, niños y adolescentes.

El cambio de humor, el aislamiento o el uso excesivo del dispositivo también pueden ser formas en las que alguien demuestra que necesita ayuda sin usar palabras.

Niño escribiendo en computadora.

La inteligencia artificial también se ha convertido en un espacio de búsqueda emocional. Existen chatbots que responden como si fueran amigos cercanos, ofrecen consuelo o intentan ayudar a manejar la ansiedad. Para algunas personas esto puede sentirse como alivio inmediato. Pero también hay riesgos. Se han documentado casos en los que estas interacciones no solo no contuvieron, sino que agravaron situaciones de crisis emocional.

Recuerda que la tecnología no sustituye el acompañamiento humano. Si una conversación digital normaliza ideas de autolesión o malestar profundo, es una señal para buscar ayuda profesional real.

Nino en un taller de Save the Children.

Cuidar la experiencia digital no significa controlar cada clic. Significa compartir la responsabilidad.

Más allá de reglas estrictas, crear rutinas ayuda a que niñas y niños regulen mejor su uso. Momentos sin tecnología durante la comida, al aire libre o antes de dormir pueden reducir el estrés y mejorar el descanso.

Hablar de cómo funcionan los algoritmos, explicar por qué aparece cierto contenido y enseñarles a identificar información falsa o generada por inteligencia artificial puede darles herramientas para navegar con más criterio.

Las plataformas digitales pueden reducir riesgos si priorizan notificaciones menos invasivas, mejor moderación de comentarios y límites a funciones adictivas.

Es importante que las niñas y los niños sepan cómo bloquear, reportar y pedir apoyo. Reconocer el problema y contar con personas adultas de confianza puede reducir el impacto emocional de estas situaciones.

Escuchar lo que piensan sobre internet, las reglas y las plataformas fortalece su participación. Además, incluirlos en las decisiones les da mayor seguridad y confianza.

Para muchas niñas y niños, internet ya es parte de su día a día. Acompañarles implica estar disponibles, informarnos y reconocer que el cuidado digital no puede recaer solo en ellas y ellos.

Internet también puede ser una gran herramienta para su desarrollo. Identifica y recomiéndales sitios seguros en donde puedan divertirse y se fomente su aprendizaje.

Te recomendamos darle un ojo a Mi Espacio de Emociones, un sitio interactivo creado para las niñas, niños y adolescentes en donde podrán jugar y aprender sobre sus emociones.

Construir confianza, hablar de lo que pasa y aprender juntos es una de las mejores maneras de proteger su bienestar hoy.