A veces pensamos que el mundo es demasiado complicado para las niñas y los niños. “Son conversaciones de grandes”, decimos mientras las mandamos a jugar o los distraemos con algo para que no escuchen. Pero lo cierto es que escuchan más de lo que creemos. Se dan cuenta cuando algo no está bien, incluso si nadie lo dice en voz alta. Y aunque muchas veces no tengan las palabras exactas para explicarlo, su forma de ver las cosas suele ser más clara y directa.
Nos acostumbramos a pensar que para opinar hace falta ser grande, tener un título o experiencia. Que la niñez está para aprender, no para participar. Pero ¿qué pasaría si los escucháramos con atención? Si en lugar de corregirlos, los dejáramos terminar sus ideas. Si les preguntáramos qué piensan sobre las cosas que también los afecta: el miedo, la escuela, las noticias o los cambios en casa. Quizá descubriríamos que tienen más claridad de la que imaginamos, que entienden la empatía mejor que cualquier persona adulta y que, cuando se sienten tomados en cuenta, son capaces de transformar su entorno de formas que muchas veces pasamos por alto.

Cuando la voz se convierte en acción
¿Has notado que cuando una niña se da cuenta de que su opinión importa, su voz cambia? Deja de sonar como un susurro y empieza a sentirse segura, curiosa y firme.
Las niñas y los niños tienen mucho que decir. Por eso, este año, Picus se une como los primeros niños embajadores de Save the Children para recordarnos algo que a veces olvidamos: la niñez no solo observa, también propone, actúa y transforma. Picus no son una excepción; son el reflejo de lo que ocurre cuando las personas escuchamos de verdad. Cuando dejamos de hablar por ellos y empezamos a hablar con ellos.
Luigi, Anthony y Dominick representan lo que queremos seguir construyendo: un mundo donde las ideas de niñas, niños y adolescentes no se minimicen, donde puedan opinar, crear y transformar su entorno.
Desaprender para escuchar mejor
Escuchar no significa asentir a todo lo que digan. Significa acompañar sus ideas, preguntarles por qué piensan así y ayudarles a convertir lo que sueñan en realidad. Escuchar también es validar sus emociones: entender que llorar no es “hacer drama”, que enojarse no es una falta de respeto y que su tristeza merece el mismo espacio que la alegría.
Lo difícil es que, para escuchar, hay que desaprender la prisa con la que queremos resolverlo todo, la costumbre de dar consejos antes de entender el problema y el impulso de minimizar lo que sienten con frases como “no es para tanto” o “ya se te va a pasar”. Escuchar de verdad es quedarse quieto un momento y aceptar que, aunque seamos más grandes, no siempre tenemos todas las respuestas.
¿Cómo empezar a escuchar más a la niñez?
Escuchar puede empezar con gestos pequeños. Aquí te dejamos algunas formas de incluir su voz en los espacios donde más tiempo pasan:
En casa:
- Pregunta su opinión en las decisiones cotidianas: qué cocinar, cómo organizar los horarios o cómo resolver un problema familiar.
- Nombra las emociones sin juicio: en lugar de “no llores”, prueba con “entiendo que estás triste”.
- Crea momentos sin pantallas, donde puedan hablar sin interrupciones ni distracciones.
En la escuela:
- Promueve espacios donde participen sin miedo a equivocarse: asambleas, debates, juegos de roles o proyectos grupales.
- Escucha sus ideas sobre lo que les gustaría aprender o cambiar en clase.
- Acompaña sus emociones tanto como sus calificaciones: el bienestar también es parte del aprendizaje.
En la comunidad:
- Invítales a opinar en actividades locales o proyectos sociales.
- Apoya que se expresen a través del arte, la música o el deporte.
- Hazles saber que su voz puede tener impacto más allá de su entorno inmediato.
Escuchar a la niñez no es solo empatía: es protección, porque una niña que sabe que puede hablar, pedirá ayuda cuando algo no se sienta bien. Un niño que siente que lo toman en serio, sabrá poner límites. Y una comunidad que escucha, es capaz de prevenir violencia, exclusión y abuso.
Lo que ganamos cuando los escuchamos
Las niñas y los niños no quieren dirigir el mundo, solo quieren ser parte de él. Que sus ideas no se queden en dibujos o juegos efímeros, sino que lleguen a lugares donde se toman decisiones reales y que se confíe en su forma de ver las cosas.
Cuando los escuchamos, también aprendemos a ver distinto: a recordar lo que se siente tener curiosidad, a imaginar sin miedo a equivocarnos y a pensar en soluciones más humanas.
Cada vez que un adulto escucha de verdad, rompe un ciclo donde el silencio pesa más que las palabras y la obediencia vale más que la opinión. Escuchar a una niña o un niño es elegir que el futuro no empiece “cuando crezcan”, sino desde su presente.